Las víctimas del sistema educativo en Cataluña

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El prusés se acaba, aunque no todo el mundo se dé cuenta. Artur Mas pasa sus horas más bajas. Las encuestas cada vez lo ponen peor. Su acuerdo de gobierno con ERC se tambalea día sí, día también y  aún no han salido todos los trapos sucios. El octavo hijo de Pujol seguirá cayendo.

Mientras, la vida pasa  por estos lares. Hoy se anuncia que el gobierno central impugnará las matriculaciones escolares catalanas porque sigue sin ofrecerse a las familias que sus hijos reciban al menos 25%  de la instrucción en castellano como lengua vehicular.

Más ha tardado en conocerse el anuncio, que la inefable señora Rigau , máxima responsable  de educación, en decir que hará lo mismo que en 2012, nada. Es decir, anuncia que desobedece, que lo que dicte el TSJC no le da ni frío ni calor y sigue a lo suyo.

Pues bien,  está claro que aquí, casualmente de nuevo con Rigau  por en medio habrá que hablar de víctimas.

Desde que soy madre de niños escolarizados en Cataluña, y de eso ya hace unos cuantos años, he tenido la oportunidad y la desgracia de comprobar que la educación pública y parte de la concertada,  tiene además de la instrucción obligatoria de los niños, otros objetivos.

Quien me haya leído antes estará pensando con razón que me repito más que el ajo y es que  me canso de decir que los niños en Cataluña muy a menudo son tratados como instrumentos de un sistema que está para  perpetuar  en el poder a una casta gobernante que no tiene  grandes intereses en este “país” del que se llena la boca. Como mucho, su interés no es mayor que el de proteger sus cuentas en paraísos fiscales y permanecer pegados a una silla que les permita ostentar poder. Si para eso hay que usar  a los niños, pues se usan. Qué más da que los hijos de la gente que no puede pagar educación trilingüe abandonen la escuela, qué más da enseñarles una historia tergiversada. Total,  gobernantes no van a salir, que para eso ya están los de siempre.

El nacionalismo catalán tanto de derecha como de izquierda se ha creído que los niños catalanes  son patrimonio suyo. Para eso tienen sus instrumentos hechos a medida y que hablan y funcionan de tal manera que parecen transversales. Movimientos como SOMESCOLA y la FaPaC han decidido que ellos son la voz de las familias de todos los niños. Salen a la calle con camisetas amarillas para negarse a los recortes y  llevan  la inmersión lingüística en catalán como su caballo de batalla, como si con ello  salvaran a los niños de las fauces del dragón. A ver si el dragón son ellos y no se han enterado.

Evidentemente yo discrepo de los beneficios de la inmersión monolingüe, máxime cuando  se trata de una lengua que no es la materna. No creo que la enseñanza del castellano en Cataluña llegue siquiera al nivel mínimo indispensable, ni comparto en absoluto la idea de que  con el actual sistema se cree cohesión social. ¿Qué es cohesión social? ¿Salir a la calle vestido de amarillo y haciendo ruido para que el malvado Wert no nos españolice? Por favor, seamos un poco serios.

Es más, sobre esto se ha dicho tanto que casi que me ahorro las explicaciones. Los mantras no cuelan y a mí lo que me preocupa son las víctimas del sistema.

Los que han crecido pensando que España les robaba y que todo lo que pase más allá de las fronteras de las de las comarcas catalanas es imperialismo ya tienen edad para darse cuenta de que la cosa no va por ahí. Llega un momento en que uno se hace adulto y puede asumir que no todo lo que le enseñaron era “la palabra de Dios”.

Las víctimas  son los niños que van al colegio ahora, que pagan con fracaso escolar, que aprenden  menos de lo que podrían y pierden la oportunidad de ser perfectamente competentes en el uso de una lengua  de 500 millones de hablantes. Todo esto a cambio de ser parte de un Proyecto “Nacional” que no va con ellos. No, los proyectos nacionales no van con los niños. Hoy se ha de educar personas competentes para ir a cualquier lado.

Las autoridades educativas catalanas usan la educación para lo que no deben y los padres no debemos hacer dejación de funciones ni oídos sordos, que los hijos no se tienen para  “hacer bonito”. En cuanto a mí, a falta de mucho más que hacer me queda  continuar con mi actitud de madre enseñante y  beligerante.

Que cada uno haga lo que le dicte su conciencia, yo lo tengo claro.

No con mis hijos.

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