Jalogüincito

Me llega un mensaje de whatsapp:

Nos vemos abajo todos disfrazados para ir a casa de los vecinos a pedir caramelos y celebrar la noche más tenebrosa”. No contesto y pienso, “ni harta de vino”.

Ya hace días que algunos comercios lucen calabazas, telarañas y fantasmas.En la radio que suelo escuchar por las mañanas hay tertulianos a favor y en contra de que los españoles se suban al carro de Halloween.Mis amigos cristianos ya publicaron su habitual alegato en contra de la celebración de lo diabólico que representa la fiesta, por llamarla de alguna manera. Los hijos de mis amigos en Estados Unidos ya se preparan para ir de casa en casa.
También es verdad que aquí ya se celebra el Día de Todos los Santos que alguna vez fue muy solemne y ahora parece más un día de asueto.

Y una tiene sus memorias de infancia mexicana, muy cerca de Estados Unidos y muy lejos de Dios, como decimos por ahí.Y lo de lejos de Dios afortunadamente no tiene que ver conmigo pero sí con muchos niños que he visto pasar siendo niña y no tan niña.

El día de Halloween en la Ciudad de México de pronto aparecen en los semáforos niños de no más de 10 años que se acercan a los conductores con un vaso de plástico en la mano  que dicen: “Seño, ¿me da pa mi calaverita?” o bien llaman a la puerta de casa en los barrios residenciales diciendo:”¿Me da mi Jalogüincito?”.

Y créanme cuando les digo que  para la “calaverita” no se admiten caramelos, que el Jalogüincito tampoco son precisamente chocolatinas y que los niños que piden en el semáforo o casa por casa no van convocados por una madre super-enrrollada que organiza una pedida de chuches para hacer amigos con el vecindario.

Los niños que piden en los semáforos no suelen ir solos.Obviamente el compañero no está visible, aguarda lejos de las miradas indiscretas a que su hijo/ instrumento vuelva con lo ganado.La recaudación a veces sirve para cubrir las necesidades de la familia pero muchas veces no es así.

La de los padres que se beben lo que recaudan sus hijos en México no es un mito.Lo que puede suceder si los pequeños de cara chorreada y pantalones agujereados vuelven del jalogüincito con la calabaza vacía, tampoco.

Me lo explicaban mis padres cuando niña y luego cuando tuve ocasión de atender en un hospital de beneficencia a chavales que habían crecido en zonas marginales de la Ciudad, la calavera y el jalogüincito se me quedaron pequeños.La explotación infantil es un hecho.El alcoholismo y la poligamia, otros.

En mi país, al que llamaré siempre mi país, que a mi humilde entender se mueve en gran medida gracias a muchas mujeres que saben buscarse la vida, no hace falta celebrar ninguna noche tenebrosa.Ya celebra el mexicano, bebe y come con sus muertos, adorna la muerte y se ríe de ella y desafortunadamente ella se ríe de nosotros.

Nadie se salva de la flaca pero, sobrando quien ayude a encontrarla por esos lares y en honor  a aquellas caritas chorreadas, yo hoy tengo pocas ganas de fiesta.

Eso sí, en cuanto pille un pan de muerto, le hinco el diente.

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Un comentario en “Jalogüincito

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