El perdón y la reparación

Añado hoy este post escrito y publicado en http://www.eldemoctaraliberal.com el día de Yom Kippur.

Era un jueves 24 de septiembre.

Fecha: 10 de Tishrei de 5776 según el calendario judío.

Día del perdón, Yom Kippur en hebreo.

El año judío comienza el día 1 del mes de tishrei que suele coincidir más o menos con el mes de septiembre. Los diez días a partir del comienzo del año se llaman “días de reflexión” e incluso “días terribles” porque la tradición considera que son decisivos. Son jornadas, que aunque transcurren con supuesta normalidad, llevan implícitos ratos de reflexión profunda , para la autocrítica, para la reparación de malas acciones cometidas ante el prójimo y para pedir perdón cara a cara y de palabra cuando amerita.

El primer día del año se oye en todas las sinagogas del mundo el sonido de un cuerno de carnero como símbolo de la apertura de las puertas del cielo, e inicio del juicio ante el altísimo. Al término del período mencionado llega el día del perdón y la expiación que se pretenden conseguir por medio de la plegaria y el ayuno. Los judíos del mundo se reúnen la víspera del décimo día del año para oír el Kol Nidre antes de comenzar un ayuno de 24 horas. Esta sentida plegaria, la más importante de la liturgia judía, cantada en arameo viene de tiempos en que se hacían votos y juramentos ante Dios y aquel que no había podido cumplirlos realmente sufría un profundo sentimiento de culpa y temor por las consecuencias que esto pudiese acarrearle. La oración comienza anunciando que se reza junto con los transgresores. Estando donde estamos no puedo dejar de recordar la primera lección que se me dio siendo una niña, sobre esta frase. Los transgresores son aquellos que por su condición de conversos obligados a una fe que no era la suya no podían elevar su plegaria aunque hubiesen querido hacerlo, “los marranos”, decía mi profesor, que es la palabra con la que los afectos a la inquisición señalaban a los judaizantes. Rezamos pues en nombre nuestro, en nombre de los que rezan a escondidas y de los que no pueden hacerlo bajo ninguna condición porque su vida corre peligro y repetimos la oración 3 veces.

En el tribunal de los cielos y en el tribunal de la tierra, por el permiso de Dios, alabado sea, y con el permiso de su santa congregación, nosotros mantenemos que está permitido rezar junto con los transgresores de la ley.

Todos los votos, obligaciones, juramentos y anatemas que nos atan desde este Yom Kipur hasta el siguiente (cuya feliz llegada esperamos ) quedan anulados. Quiera Dios redimir, absolver, perdonar, anular e invalidar y dejar sin efecto esos votos, que no nos aten ni tengan poder sobre nosotros, los votos no serán eficaces ni obligatorios, ni las promesas o juramentos.

Los rezos continúan durante el día siguiente y al final de la jornada, cuando sale la primera estrella vuelve a sonar el cuerno de carnero. Esta vez, como señal del cierre de “las puertas del cielo” y como aviso a la congregación de que la suerte está echada, de que cada uno ya ha sido inscrito y rubricado en el libro de la vida o el de la muerte. El tiempo se acaba, termina el ayuno y se supone que para ese año que comienza ya está escrito quien vivirá y quien morirá.

La tradición de Yom Kippur suscita discusiones, críticas y elogios por igual. Es interesante pensar que hay días en los que se pueda pedir perdón y expiar los pecados cuando no falta quien espera a que acabe la fecha señalada para volver a las andadas.

También se extraen grandes enseñanzas. La liturgia y los cánticos repetidos una y otra vez ejercen un efecto balsámico, a ratos casi hipnótico. Es fácil dejarse llevar por ellos y escabullirse allí durante un rato, pensando o no en asuntos trascendentes y siendo o no un judío muy devoto.

Pero más allá del efecto de los rezos quiero centrarme en la idea del perdón y la reparación.

Es esta una época del año en que se recuerda que nuestras acciones buenas o malas pueden cambiar las cosas. Hay un espacio reservado para reconsiderar los pasos dados y lo que es más importante, se recalca la necesidad de hacerse responsable del daño causado a otros y expresarlo. No basta arrepentirse del dolor causado, es importante hacérselo saber a quien ha sido víctima de ello.

Y claro, es inevitable que estas consideraciones aterricen en el ámbito social y en el día a día de cada uno. Me encuentro hoy en Sefarad en medio de una campaña electoral iniciada para desmembrarla.

Y pienso, ¡ cómo no! en la reparación y en el perdón arraigadas en la tradición judía y tan bien explicadas desde el psicoanálisis kleiniano. Las personas necesitamos saber que el mal que causamos al prójimo o los errores cometidos acarrean consecuencias pero que no necesariamente nos sentencian para siempre. Necesitamos un resquicio por donde se cuele la posibilidad de recomponer para no morir un poco cada vez que nos equivocamos y así poder hacer de nuestras vidas algo constructivo.

¡Cuánto hay para reparar en esta Cataluña de hoy, y cuántos deberían dar un paso atrás y repensar acciones y desandar caminos si fuera necesario! ¿Cuántos de los que hoy son actores políticos y han sido en parte responsables de la convivencia y el bienestar de millones de habitantes estarían dispuestos a hacer un verdadero acto de contrición y a reparar daños?

Y siento en este día de expiación hacer acusaciones y refrescar la memoria de políticos y personajes desmemoriados que llevan años cocinando desde las instituciones públicas un clima de confrontación, que han utilizado la educación que debería ser herramienta de progreso como arma arrojadiza para cultivar el autoodio en esta que aún no deja de ser esa Sefarad a la que cantaba mi bisabuela.

Y recuerdo que cada año al final de este día solemne una de las plegarias finales de Yom Kippur es para el país en que se asienta la congregación. Y pedimos todos por el bien de nuestro país y de su gente y para que los gobernantes tengan la sabiduría suficiente para cumplir con la responsabilidad encomendada. Lo recuerdo y me conmueve hasta las lágrimas mirar alrededor.

Hace tiempo que se podía haber dado un paso atrás, quizás hasta dejar de buscar agravios y fechas límite como si se cerrasen las puertas del cielo.

Estamos siendo rehenes de la huída hacia adelante de un President que necesita con urgencia poder pedir perdón. Necesitamos todos hacer un sano ejercicio de reparación de las heridas de la casi guerra civil en la que nos han metido por desidia, por orgullo y por oscuros intereses que poco tienen que ver con las fatigas de la vida cotidiana de los ciudadanos de a pie. Ojalá cupiera aquello de,“anular e invalidar y dejar sin efecto esos votos, que no nos aten ni tengan poder sobre nosotros, los votos no serán eficaces ni obligatorios, ni las promesas o juramentos” máxime cuando quienes son fieles a causas lo son por causas espurias y alejadas del interés general.

Cuánta pena nos ahorraríamos los ciudadanos de esta Sefarad de hoy …

Reparar, recuperar, reeditar la confianza. Dejar de tirarnos países a la cabeza porque esta causa es de unos que tienen de qué arrepentirse y no se atreven a decirlo.

Anyada buena

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