¿Puentes?

Lunes 16 de noviembre de 2015

Me ha dado por pensar en los puentes y su utilidad. Le agradezco el favor a algún político de tantos que llevo oídos estos últimos días de frikismo, falsedad electoral y coaliciones imposibles.

Y comparto con ustedes la reflexión, como casi siempre, en asociación libre. Me vino a la cabeza el puente de Bijelo Polje, donde transcurre la narración de Pérez Reverte en Territorio Comanche.

Un reportero de guerra y un cámara en la antigua Yugoslavia ante la obsesión de poder filmar la voladura del puente. Cuando vemos imágenes de guerras solemos ver los puentes destruidos. La información a los espectadores llega cuando el puente ya ha caído. Es difícil planear los tiempos y las conexiones televisivas, y mucho más hacerlas coincidir con un acto bélico, aunque este sea premeditado, especialmente por el riesgo que entraña.

Claro que en las películas sí que es posible asistir a las voladuras “en tiempo real”.

Y la asociación me lleva a Thor, el Dios del trueno en la última entrega de Marvel. ¡Que sí, que ya me he dado cuenta que he pasado de Pérez Reverte a Marvel!!!!

Loki, según me recuerda mi asesor en temas de películas mitológico-marvelianas, era el hermano adoptivo de Thor, y resultó ser en realidad un hijo del hielo que ansiaba el control de Asgard, aunque ello implicase la destrucción del reino.

El puente Bifrost era el camino que comunicaba Asgard con el reino de los mortales, y la leyenda cuenta que fue destruido y reconstruido tres veces y que en una época estuvo bloqueado por el hechizo de una encantadora que quería mantener a Thor alejado del Reino Eterno. La última destrucción del puente fue obra de Loki, quien reunió un ejército de trolls y soldados de Hel, mató a gran número de asgardianos y expulsó a su hermano hacia la Tierra. Una vez se libró de Thor atacó Asgard y el reino de los Elfos sembrando destrucción. Asimismo mató al fiel guardián del puente que era vía de comunicación y entrada a un mundo, pero no contaba con que Thor, con ayuda de otros héroes, lograse volver entre los añicos del puente y salvara el Reino Eterno.

Y vuelvo a mi digresión inicial. Los puentes, ya sean de piedra, de hierro, de hormigón o de arcoiris y portales imaginarios, a veces se destruyen. Siempre para dejar a alguien al otro lado y mantenerlo lejos, hacerlo sufrir, destruirlo, aislarlo o evitar que se haga con el control de algo. También es verdad que cuando un puente se rompe no pasa ni uno ni otro, pero ya asumo que quien lo vuela ya lo tiene previsto.

En la antigua Yugoslavia el “otro” había sido el conciudadano, pero de pronto había que volar el puente y dejarlo al otro lado, y en muchos casos incluso borrarlo de la faz de la tierra o bien evitar que lo borrase a uno.

Y no es casualidad que los seres mitológicos malvados destruyan puentes y tenga que venir un “bueno” a restablecer la paz y la concordia como le toca hacerlo a Thor en esta versión de guerras fratricidas explicadas a público infantil.

Yo no quería hablar de guerras. No era mi intención. Pero luego mientras iba pensando en los puentes escuché que en la conferencia de prensa post-elecciones catalanas algún corresponsal extranjero preguntó si aquí podía producirse un conflicto armado.

La verdad es que ni escuché la respuesta. Me avasalló la imagen del primer teniente de Alcalde de Barcelona enfurecido en el balcón del Ayuntamiento, tratando de arrancar la bandera española a un concejal y el gesto del resto de los presentes. Más allá de lo desagradable que me resultó el hecho, me llamó la atención la violencia del gesto. Aquel día de la Mercè realmente se sembró en mí la misma duda de aquel corresponsal.

¿Qué se necesita para que estalle la violencia y la rabia contenida? ¿Estamos pensando en ello?¿Por qué algunos hablan de tender puentes cuando en realidad hay un trasfondo de violencia que no se aborda, no se explica y no se deja de abonar desde los despachos de la Generalitat y su aparato propagandístico?

¿A qué puentes se refiere la clase política cuando empieza hablar de negociar? ¿Quién pasa el puente y quién se queda del otro lado después de la voladura? Me asalta la duda de si algunos no banalizan la expresión de “tender puentes” y creo que sí que lo hacen. Seguro alguno se llevará las manos a la cabeza ahora mismo. ¡Esta mujer dice que los políticos banalizan y ella va hablando de películas para niños!

Pues miren, ¡me da igual!

Que cuando oigo lo de tender puentes me acuerdo de los que le tendió Aznar a Pujol cuando se le concedió a la Generalitat las competencias en educación y sanidad: “Aznar, el mejor presidente para los intereses del nacionalismo catalán”.

Un puente bien hecho no sirve para encerrar a los niños en un modelo educativo minimalista que lo que hace es justamente cortar lazos verdaderos para introducir la idea de un entorno artificial. Algunos educadores han tenido cosas que decir pero de poco ha servido. Aznar y Pujol cruzaron y luego… ¡BUM! Los niños se quedaron en la hondonada.

Otro puente le tendió Zapatero al Nacionalismo con el susodicho término “Nación”. El cruzó, claro, como para no enterarnos de que estuvo en la Moncloa: “Zapatero promete apoyar la reforma del Estatuto que salga del Parlamento”. Fue este otro puente para cruzar él al otro lado, para ganarse al “enemigo” y luego, ¡BUM!, los ciudadanos no nacionalistas acorralados y ninguneados, y no sigo porque llegaremos a Rajoy y sus silencios, al apoyo institucional de Colau para el gobierno corrupto y recortador de Artur Mas y no acabamos hoy…

Los ciudadanos no queremos oír hablar de puentes. Yo personalmente oigo la palabrita y tiemblo. El modelo de los superhéroes que abren camino para mejorar la vida de las personas de manera altruista, derrotan al mal y trabajan por la concordia y la prosperidad, yo lo dejo para las historias de “puentes arcoiris”. Tal es mi desencanto.

Hacer más metáforas y ser mejores oradores y negociantes no les hace mejores personas, ni va a evitar que se encienda un día una chispa desde un balcón. Los ciudadanos de Cataluña vemos actores políticos cruzar puentes de arcoiris pero nosotros también queremos la contraseña para pasar, oigan. Que el puente de mi casa a la de mi vecino lleva tres años roto y cada día se le cae un ladrillo más. Que el amiguito del cole va con una camiseta con un tiro al blanco estelado a ver si alguien se atreve a tirarle y mientras, la corrupción cruza de un lado a otro.

Y, ¡claro! Y estoy segura de que algunos, cuando hablan de puentes, no tienen esta idea romántica y súper constructiva que nos quieren transmitir. Utilizan como tender puentes y “favorecer encajes” lo que en realidad es pasar al otro lado y volar el paso para que los que se quedan asuman el coste.

Y en algunos casos no me extrañaría que lo suyo, como en el caso del Molt Honorable, ni usen la expresión porque delataría las intenciones de “puentear”, puentear a la justicia y a los ciudadanos para poder seguir haciendo lo único que hacen bien, mangonear desde la silla o desde el balcón.

Vivimos años asistiendo a la voladura de los puentes, y a la apropiación del espacio simbólico por parte de un nacionalismo insaciable de más poder aunque ello suponga la división y destrucción de su “reino”.

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