Visita al Parlamento de Cataluña. Una oportunidad desperdiciada

jueves, 8 de octubre de 2015

Los niños de ciclo superior de primaria en Cataluña suelen hacer una visita al Parlamento. Hoy quiero ser la voz de uno que ha visitado por primera vez el edificio desde donde se gobierna para más de 7 millones de personas.

Yo cuando era pequeña también visité con mis maestros los edificios oficiales del centro de la ciudad de México y de otras. Agradezco los paseos por las escaleras de piedra del Palacio Nacional y las impresionantes vistas de los murales de Diego Rivera que fue capaz de contar mucha de la historia de México con sus trazos.  Para siempre quedarán así grabadas las caras del cura Hidalgo, de Madero y las chalupas que transportaban a los aztecas por la ciudad llena de canales. Recuerdo con ojos de niña las suntuosas salas de sillones redondos y mullidos, las puertas enormes, el patio cuadrado y  los despachos  a los que intentaba asomar la nariz. No me llevaron  a conocer el Congreso, pero creo que me habría gustado.

Es importante que cada niño pueda sentirse parte de aquello que se supone que lo representa. En condiciones normales es deseable que las criaturas en cualquier parte del mundo puedan acercarse a esos gigantes que parecen inalcanzables e incluso entiendan su funcionamiento. Los gobernantes no salen de la nada y es obligación de los educadores sembrar y potenciar a los ciudadanos que un día tirarán del carro.

Las escuelas en Cataluña organizan  visitas al Parlamento y, repito,  en condiciones normales, es recomendable que ellos conozcan el sitio, vean las salas, los escaños, los monumentos y se les explique el trabajo cotidiano que allí se lleva a cabo. Se debe inculcar a la juventud la cultura democrática y hacer llegar a las generaciones  que habrán de continuar con ella el verdadero valor de la división de poderes, el peso de un voto, la trascendencia de las opiniones en los órganos que están para representar a todo el mundo.

Quizás la función del Parlamento explicada un niño de 10 años podría parecerse a esto: “Todos no podemos sentarnos en el Parlamento simplemente porque no cabemos y porque sería muy difícil ponernos de acuerdo. Entonces elegimos gente que vaya y hable en nuestro nombre. Por cada tantas personas hay un número de representantes que están ahí para defender los derechos y opiniones de los que los eligen. Para eso votamos”.

Visita guiada por el Parlamento

El Parlamento catalán se ubica en el edificio que fue el arsenal de la fortaleza que mandó construir el rey Felipe V para controlar Barcelona. Hoy es un suntuoso edificio en el gran parque de la Ciudadela.

Es obra del ingeniero militar Próspero de Verboom. Su construcción  duró desde 1716 hasta 1748 y fue restaurado por Pere Falqués en 1888 con vistas a la exposición Universal. Tras la Proclamación de la Segunda República española en 1932 el ayuntamiento cedió el edificio para que albergase el Parlamento y en 1939, con la entrada de Franco a Barcelona se convirtió en palacio y posteriormente en cuartel y Museo de Arte Moderno.

Al final de la dictadura el edificio recuperó su función y en 1980 albergó el primer Parlamento de la democracia, presidido por Jordi Pujol quien entonces obtuvo 27, 83% de los votos.

Este artículo comienza hablando de las visitas escolares así que intentaré guiaros por el edificio desde la perspectiva de un alumno de ciclo superior de primaria. Este es su testimonio. Si el lector prefiere una visita para adultos la encontrará en el siguiente enlace: visita.

En la entrada del Parlamento una guía “vestida de azafata” recibe al grupo al que va a acompañar. Los niños pasan de uno en uno por el detector de metales y suben una escalera ancha que lleva hasta una sala muy grande con una alfombra roja y acolchada que conduce a la sala de plenos donde se reúnen “los políticos”.

¿Qué hay en la sala?

Enfrente de todo hay unos asientos. Uno grande para la Presidenta del Parlamento y otros más que también miran hacia el frente. Hay dos de ellos para los vicepresidentes, 2 para las azafatas, para los consejeros y 2 para quienes se encargan de contar los votos. Hay un sitio en donde están los botones que sirven para votar.

En las butacas se sientan los políticos. Delante de todo, el presidente. Los partidos se reparten por el “medio círculo”. Les explican dónde solía sentarse cada grupo parlamentario en la anterior legislatura y cómo se usan los botones. La charla luego gira hacia las elecciones y el número de escaños de cada partido o “no partido”, porque “eso de Junts pel sí  no es un partido sino mucho que se juntan para hacer trampas”.

El grupo sale del hemiciclo de la sala de Plenos y pasa por la Rotonda, una sala que está al centro de todo. Llegan  a una estancia que se llama Salón Rosa y les cuentan que fue la sala de baile del palacio. Se llama sí porque tiene unas columnas de mármol rosa. También hay una alfombra estampada, que no resulta muy del agrado de este visitante. Los niños se sientan en el suelo para seguir con las explicaciones.

Luego la charla de pronto retrocede 300 años. La guía recuerda a la clase que el 11 de septiembre se celebra la Diada Nacional de Cataluña. Les explica que el rey Carlos I (Carlos V) no tenía descendencia y había que nombrar a un rey, que vino Felipe V y que entonces hubo una guerra y el día 11 de septiembre de 1714  España conquistó Cataluña que para entonces era un país y que desde ese momento es parte de España.

El alumno iba con el oído bien dispuesto porque algunas familias saben que esto que hoy os cuento no es un incidente aislado. Otro alumno que hizo la misma visita con anterioridad contó que en el hemiciclo la guía les explicó que los ciudadanos catalanes pagamos muchos impuestos y que el Estado usa nuestro dinero para otras regiones y que por eso no tenemos suficiente. Vamos, básicamente el “España nos roba”.

Sin duda ninguna el paseo y la toma de contacto con las altas instituciones democráticas se ha convertido en una pieza más de la maquinaria adoctrinadora de la escuela catalana que inmersiona no sólo en la lengua sino también en la mentira. Se dictan las verdades que han de darse por buenas. Se da formación a guías ad hoc que se limitan a transmitir, seguramente con toda su buena intención de educar “en el buen camino” la información que os he repetido y que no pienso ni tomarme la molestia de rebatir porque hasta mis hijos saben que son mentiras y tergiversaciones.

Este palacio sí tiene una historia pero esa no se explica y mirad que es fácil…

Los niños catalanes no tienen derecho a conocer lo que es supuestamente suyo, simplemente porque no lo es. No me cansaré de repetir que el nacionalismo tiene secuestrado el espacio simbólico de manera que no quede ni un hueco sin cubrir.

Por supuesto hay niños que no “pasan por el aro” y familias que ya se encargan de que sus hijos no crean todo lo que les cuentan, pero tener que llegar hasta este punto es francamente triste. Dejar cada mañana a un hijo en el colegio o consentir que asista a un paseo obliga a estar siempre vigilante,  hacer preguntas y asegurarse de corregir errores y tergiversaciones que a veces salen revisando “de pe a pa” los libros de ciencias sociales. Enfrentarse con el sistema que considera que los niños catalanes son su patrimonio equivale a exponerse a situaciones de acoso como la que vivió una familia en Mataró por exigir que se cumpliese la ley. Basta que se sepa que uno no es partidario de ceder sus hijos a la causa para ser candidato a vivir situaciones tensas en el ámbito escolar como me consta que sucede.

Está claro que desde la confianza y la admiración  se aprende mejor y se aprovechan más las oportunidades pero aquí tanta inocencia resultaría  nociva para la salud. Y  como muestra el “botón” de la visita al Parlamento.

Desde estas líneas pido hoy de la manera más atenta a la oposición que trabaje duro para recuperar lo que lleva tantos años siendo patrimonio de una casta política que no considera a nuestros hijos los catalanes del futuro sino los súbditos que habrán de mantenerlos a ellos y a sus sucesores en las silla.
Algunos no queremos ni pensamos consentir que se sigan prostituyendo las instituciones democráticas y mucho menos que se incluya a nuestros hijos en dichos planes. Nos negamos a ofrecer nuestra descendencia como peones de un sistema que nos excluye aunque se empeñe en pervertir el lenguaje para hacernos creer lo contrario.

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