Acoso escolar. Criando a los adultos del futuro.

La violencia en la escuela ahora está en el candelero a raíz de historias que han acabado con suicidios de chavales que
ya “no podían con su alma” pero siempre ha estado presente y pocas veces se le pone suficiente atención.
Hay colegios que intentan hacer pasar situaciones de acoso como simples “cosas de niños”. A veces es más cómodo intentar poner una tirita, estirar un poco el tiempo con la esperanza de que el asunto se diluya, a la familia se le olvide o la criatura en cuestión se marche a otro sitio.
Hace unos años acompañando a uno de mis hijos a la piscina vi un chavalín con unos 7 años que llevaba una herida profunda en la espalda. La herida con el tiempo fue cerrando y quedó una gran cicatriz de color rosa y otras que no se veían, claro.
Era un niño tímido de esos que sí hacen amigos, pero rara vez con los cabecillas o macarras de la clase. A los jefes les parecía que no era suficientemente simpático y un mal día no fue suficiente la humillación verbal y decidieron tirarlo al suelo y arrastrarlo. La cicatriz era el recuerdo de aquello.
Después de dos años, la dirección de su colegio, que por cierto es uno de esos que proclaman que lo más importante es que los niños sean felices, se enteró de que en vista de que la situación no mejoraba, el niño se marchaba. Dado que los acosadores pertenecían a familias de las que comulgaban 100% con el ideario del colegio( incluido lo de: ” castigar no sirve para nada”) y participaban en todas las actividades y eventos que sirvieran para perpetuar el aparente buen rollo del plantel, nadie dio la cara por el acosado y su salida fue “un problema menos”.
Un año más tarde tropecé con la historia de una nena de la misma clase que había sido arrastrada, insultada y dejada en el suelo con los pantalones bajados. Para ella era el colofón de una serie de situaciones de acoso y aislamiento. La respuesta de su familia ante la pasividad del centro fue un  cambio urgente de colegio. De nuevo la dirección había salvado la cara y la silla. ¡Qué alivio!
Las comunidades educativas a veces pueden llegar a funcionar como sectas o pequeñas mafias. Todo el que no quepa en el “modus operandi” de lo que se ha decretado como la moda a seguir corre el riesgo de ser excluido. Cuando  prima el placer y el aprendizaje por medio de la diversión y las reglas se relajan demasiado es fácil encontrar familias para las que es muy importante que sus hijos disfruten y sean felices aunque para ello tengan que acosar a otros.

Y para terminar, la historia del ” nuevo” que llegó en tercer curso con un importante problema motor y cierto retraso en el aprendizaje. Esto último debido, en parte, a que su familia había tenido que salir de su país por causas de fuerza mayor de esas en que suele priorizarse salvar el pellejo y no ir a la escuela.
Un día estaba el niño agachado en el patio y otro, acostumbrado a hacer uso de derecho a divertirse con algo, encontró  un palito de madera que decidió meterle al niño por la parte del culo que el pantalón dejaba visible.
La suerte es que unas niñas se escandalizaron y dieron la voz de alarma. El asunto fue tratado en clase,  y el agresor castigado y obligado a leer un libro sobre niños acosados. A veces los testigos salvan la situación. Tener alrededor niños que ven lo que sucede a veces obliga a los adultos a hacerse cargo por desagradable que esto sea.
Es verdad que hay docentes que no dejan pasar estas cosas y algunos alumnos tienen o adquieren la capacidad de poner límites y defenderse. ¿Y si no?

El goteo de casos de acoso y maltrato por parte de compañeros continúa aquí y allá. Cuando los niños crecen algunos acosadores se convierten en aquellos que esperan al enemigo en la puerta para arreglar cuentas. Para más inri  con la adolescencia llegan las redes sociales que potencian la capacidad de hacer daño al vulnerable permitiendo la invasión de los espacios privados de algunos que se ven abocados a aprender a gestionar hostilidades a todas horas a veces sin saber cómo y sin ayuda.
Pregunto:
¿Enseñamos a los alumnos y a los hijos a pedir ayuda?

Estos serán los adultos dentro de no muchos años en este país.
Cuidemos menos la silla de la dirección y más la integridad física y moral de nuestros niños. Digamos más  que NO. Toleremos que sean un poco menos felices si para serlo han de dejarle cicatrices a alguien,  aunque sólo sea porque las que dejen a otro,  un día les supurarán a ellos mismos.

#NiUnoMenos

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